Tienen mala fama. Los límites siempre van acompañados de connotación negativa. Si la literatura de crecimiento habla de límites siempre es para explicarnos que no existen o que, en caso de existir, solo habitan en nuestra cabeza. Hoy me paso por aquí para afirmar que creer que no existen los límites puede llegar a ser una falta de respeto y amor a uno mismo. ¿Por qué? Porque es una falta de amor no aprender a protegernos. La no existencia de límites, el que una acción jamás tenga fin o que no seamos capaces de decidir cuándo finaliza puede ser una falta de amor hacia nosotras mismas. En el camino hacia ese horizonte que avanza a medida que avanzamos, podemos perder el control por conseguir el objetivo, superarnos, identificarnos con la meta y acabar perdiéndonos.

No es verdad que los límites están solo en la mente. Eso, una vez más, es mentira. Los límites existen y si no existieran habría que inventarlos. Velar por nuestra salud física implica tener límites, pues lo mismo con la salud mental. ¿Por qué tenemos límites en lo físico y no en lo psicológico?

Muchas de las personas que nos hablan de la importancia de querernos a nosotras mismas son las mismas que afirman que no tenemos límites. Sin embargo, los límites son un acto de amor, también hacia una misma. Así que si deseo quererme no solo voy a aceptar que tengo límites, sino que soy yo la que me los voy a poner. Y, mientras tanto, quienes afirman que los límites solo están en nuestra cabeza que sigan en ese universo paralelo en el que se han instalado a vivir.

Hace tiempo ya escribí sobre los límites. Hoy añado que los límites son vínculo afectivo con uno mismo, son espacios entre los demás y yo y entre yo y yo misma. Aprender a querernos es no exigirnos más de lo que podemos dar y eso es tener límites. No tener mi autoestima puesta en lo que consigo, no confundir mi autoconcepto con mis metas. Dejar de atender aquello que me gusta menos de mí porque también soy yo. Ponerle cariño a mi peor versión, no querer darlo siempre todo, acoger el fracaso, la frustración, no tener que salir al mundo a demostrar porque mi valía acaba en mí, a pesar de lo que piensen otros. Esto es querernos. Esto es tener límites.

La mejor versión es la que se pone límites, la que ama sus límites porque no hay amor sin protección. Mis límites me protegen. Mis límites me quieren.

Los límites indican una línea real o imaginaria que no debe sobrepasarse. Vivir creyendo que no existen los límites es renunciar a lo que tengo alrededor. Es esa pérdida que no detecto hasta mucho más tarde. Es autoengaño. La falta de límites me lleva a la obsesión, a la soledad, a actuar pensando que el fin justifica los medios, a creer que el descanso solo existe para seguir superando límites, por el simple hecho de superarlos.

Mis límites me cuidan cuando:

Existen acciones que no puedo o no quiero cumplir, porque sé que puedo poder y no querer. Eso también es magia. Mucho se habla de la magia de poder por el hecho de querer. Poco, de la de poder y decidir no querer. Hay que aprender a no querer hacer muchas cosas que se pueden hacer. Esa es la libertad que te dan los límites. Porque los límites no solo me cuidan, sino que me liberan.

Sé hasta dónde me voy a exigir porque si me paso del límite me derrumbo y yo me quiero, me cuido y no me gusto derrumbada. Saber que si sé que hay límites no tendré problemas en rendirme porque por encima de mi capacidad está el autocuidado de no querer desgastarme emocionalmente más allá de lo que yo decida. Porque quiero decidir yo, no que la meta decida por mí.

Entiendo que ponerme límites me da poder porque me da seguridad en mí misma, esa seguridad que va unida a la autoconfianza. No me comparo con nadie, tampoco conmigo misma. Me quiero porque desde aquí me siento segura y disfruto mi vida. Me da igual lo que la sociedad me diga que tengo que buscar. Me quiero porque salgo hablando de mis límites. Me quiero porque sé hasta dónde me da la gana llegar.

Me siento poderosa cuando digo que no, cuando sigo fiel a mi decisión de no intentarlo. Me quiero porque los trabajos, las cargas y obligaciones o los compromisos no se apropian de mi vida. Sé decir que no; también a mí misma. Aunque me insistan los demás, aunque sea yo la que me insista. El poder de no hacer está muy lejos de la impotencia. Decido no hacer, lo he pensado y lo he decidido. Empoderamiento del bueno, no de ese que sale al mundo a demostrar de lo que una es capaz. La necesidad demostrar(te) no es libertad, tampoco autocuidado ni poder.

Me quiero porque mis límites me permiten vivir mejor, y yo, igual que tú, quiero vivir bien.