rubia

Yo no tengo ningún interés en hacerlo todo bien. De hecho, hay muchas cosas que hago fatal y estoy encantada con ello. Por ejemplo: dibujar. Si le pusiera mucha voluntad, una inmejorable actitud y me esforzara como una campeona seguramente mejoraría algo. Sin embargo, jamás se me ocurriría perder un minuto dibujando. Me quitaría tiempo para mejorar aquello para lo que tengo más facilidad.

Menudo estrés tendría si me creyera capaz de todo. No me quiero imaginar convencida de que no tengo límites. Iría por ahí como una loca dando bandazos empoderada persiguiendo objetivos, sin que ninguna bendita limitación me marcara el camino a seguir.

Yo, que soy de picarme, antes lo hacía con toda limitación REAL con la que me cruzaba. Ahora las veo venir. Ya no caigo en su trampa. He aprendido que mis limitaciones REALES (yo dibujando y otras dos mil más) me dan pistas hacia el camino correcto. Estoy feliz de que existan un montón de cosas que se me den fatal. Cada descubrimiento de una limitación me acerca a lo que verdaderamente me sale bien. ¿Qué sentido tendría perder el tiempo dibujando si puedo invertirlo en mejorar aquello para lo que sirvo?  Porque tiempo tampoco es que tengamos demasiado. Si tuviera siete vidas quizá perdería el tiempo dibujando pero con una como que no.

Hay adultos que se creen capaces de todo. Que se han creído tanto la historia de confiar en sus capacidades que ni siquiera han comprobado si tienen capacidades o no. Allá ellos con su mala gestión del tiempo, que esto de la vida pasa rápido y yo la quiero aprovechar bien. Yo prefiero pensar que no todos servimos para todo.  Que si tú puedes, yo quizá no pueda. Que si lo he conseguido yo no significa que lo puedas conseguir tú.

Conocer mis limitaciones me marca el camino a seguir y me ayuda a gestionar mi tiempo. Conocer mis limitaciones mejora mi autoestima. Porque mi autoestima no es convencerme de que hago algo bien. Es quererme un montón sabiendo que hay cosas que hago de pena. Y reírme de ello.