Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Me la imagino como un bicho pequeño y espabilado, un parásito de esos que se nos cuela dentro para alimentarse de todo lo bueno que llevamos. La culpa se nutre de nuestra responsabilidad, de nuestros errores, de nuestra autoexigencia, de nuestra creencia de poder con todo, de la necesidad de aprobación, de la presión externa y de la interna. La culpa nos desgasta, nos paraliza y, sobre todo, nos culpabiliza.

Como ser vivo que es nace, crece, se reproduce y muere. Pero solo morirá si la matamos y para eso debemos de ser conscientes de que hemos caído en su trampa.

NACE

La culpa nace casi con nosotros. Desde la infancia ya nos manejamos con ella. Su función es facilitar los intentos de reparación de algo que creemos haber hecho mal, haciéndonos conscientes de ello. Su origen tiene que ver con el desarrollo de la conciencia moral que empieza en nuestra infancia en el que influyen las diferencias individuales y los estilos educativos.

La culpa es algo aprendido por condicionamientos muy simples al hacer algo que no encaja con las expectativas que los otros tienen de nosotros. En la infancia no agradar a los que nos quieren (padres, maestros, amigos), no recibir su aprobación y comprobar que les hemos decepcionado provocan el sentimiento de culpa y su malestar. Sumadle a eso el por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

CRECE

No importa la edad, el género, la inteligencia, los recursos que uno pueda tener, si entre lo ideal y lo real se ha colado la culpa para equilibrar esa conexión, caeremos en ella cada vez que percibamos que nuestro comportamiento genera desaprobación en nuestro entorno. Sentirse culpable provoca un gran malestar pudiendo llevar a la persona a padecer algún tipo de trastorno importante.

Los elementos de la culpa:

  1. Acto causal (real o imaginario).

  2. Autovaloración negativa del acto.

  3. Emoción negativa derivada de la culpa.

A partir del acto inicial, la autovaloración negativa generará el sentimiento de culpabilidad que nos conduce a la vergüenza, la tristeza, la mala conciencia, la autocompasión, los remordimientos, provocando una mezcla de emociones y sentimientos que nos hacen sentir mal y que se retroalimentan entre sí dificultando su identificación.

SE REPRODUCE

Tipos de culpa:

Funcional. Aparece como consecuencia de haberle causado un daño a alguien. Esto nos genera un malestar que necesita ser reparado. La culpa tiene su parte útil: sentir culpa nos ayuda a tomar conciencia de nuestros errores. Reconocer el error, aceptarlo y pedir disculpas por él es una buena manera aprender de los errores.

Disfuncional. EL RESTO. No existe ninguna falta objetiva que justifique dicho sentimiento. Este tipo de culpabilidad es destructiva y no nos ayuda a adaptarnos al medio.

¿Qué pasa si el miedo a decepcionarnos es con nosotros mismos? ¿Qué ocurre si no es tanto la exigencia de los demás como nuestra propia autoexigencia? ¿Qué pasa si no encaja el objetivo ideal que nosotros nos habíamos marcado con la situación real? ¿Y si las expectativas que tenemos de nosotros mismos, unidas a una autoconfianza y autoconcepto distorsionado y todopoderoso no llegan a buen fin?

Y de esta culpa sabemos un rato. Este rollo de premios y castigos en función de lo que merecemos, de lo que nos esforzamos, de la vida que llevamos, de lo que comemos. Si no hago lo que me dice el otro (o yo misma), si no sigo al del manual de turno, si la cosa sale mal, me sentiré culpable, responsable. Dependiente y manipulable. Mea culpa.

Y da igual quien predique al otro lado, da igual si he pecado o no he sido positiva todos los minutos del día. La cosa es que cuando no me salga como quiero, la culpa será mía. Culpa, responsabilidad y miedo, tres elementos que se van retroalimentando. A mayor responsabilidad, mayor culpa. A mayor culpa, mayor miedo. A mayor miedo mayor dependencia y manipulación. Mucho discurso así hay por ahí. Da igual si nos llega en forma de religión o del gurú de turno.

LA TRAMPA.

Soy culpable y pido perdón. Después, me siento culpable por haber pedido perdón: la trampa. Incluso nos podemos sentir culpables cuando las cosas nos van bien.

La culpa nos empieza a chupar la sangre cuando nos sentimos culpables por TODO:

  • Por no mandar a paseo. Por haber mandado a paseo.

  • Por trabajar mucho. Por trabajar poco.

  • Por haber regañado a nuestro hijo. Por no regañarle como debíamos.

  • Por no trabajar en vez de jugar con los hijos. Por jugar con ellos en vez de trabajar.

  • Por irnos de viaje con nuestras amigas. Por quedarnos con nuestra familia en vez de ir con ellas.

  • Por tener los cajones desordenados, por cocinar fatal, por no hacer suficiente deporte, por tirarnos en el sofá dos días enteros, por pasarnos un domingo comiendo porquerías, por tardar un día en contestar un correo, por tomarnos una cerveza de más, por no entregar el informe un día antes del plazo marcado…

Y nos pasamos la vida pidiendo perdón por no hacer nada malo, por no hacer daño a nadie. Simplemente por no dar la talla en el grado de aprobación que deseamos. Por pura AUTOEXIGENCIA, por ir tras un perfeccionismo desbocado.

LA CULPA NO MUERE. HAY QUE MATARLA.

Para matarla hay que ser consciente de la necesidad de autoaprobación (hoy en día todo es auto), la autoexigencia, el miedo a defraudarnos, el supuesto autocontrol y la búsqueda del perfeccionismo es el caldo de cultivo ideal para la culpa. En este caldo de cultivo cuando sintamos impotencia, frustración o pérdida de control, la culpa nos devorará antes de poderla matar a ella.

¿Es sano seguir pensando que podemos con todo? ¿Es saludable creer que simplemente con mucho esfuerzo y actitud positiva todo nos va a salir bien? ¿Es humano hacernos creer que somos responsables de todo lo que nos va a pasar en esta vida, desde un buen trabajo a no padecer una grave enfermedad?

La culpa no muere sola, a la culpa hay que matarla. Matar la culpa es:

  1. Desterrar la autosuficiencia y la omnipotencia.

  2. Aceptar que existen acontecimientos incontrolables.

  3. Saber que siempre habrá un “tendría que haber hecho” y cosas que no podremos cambiar. Y que no pasa nada.

  4. Entender que no podemos decidir todo lo que nos rodea.

  5. Convencernos de que no hemos venido a este mundo a sufrir, aunque a veces suframos.

  6. Separar los errores y fracasos de nuestra persona. He fracasado pero no soy un fracaso.

  7. Olvidar el cuento de premios y castigos.

  8. Ver que los “culpadores” han cambiado de vestimenta y de púlpito. “Los culpables” seguimos siendo el rebaño.

  9. Amar nuestras limitaciones.

  10. Ser humanos.

En la vida hay un punto de no retorno. Bienaventurados los que llegan a él: ese momento en el que te das cuenta de que no es la sociedad la que te exige tanto. Eres tú, tu vida y tu culpa.

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