Es ansiedad. Y lo sabes.

La diferencia entre vivir y sobrevivir está en los parches que ponemos. Aprender a sobrellevar las situaciones va elevando nuestro umbral de resistencia a lo chungo. Somos flexibles, nos quieren flexibles. La rigidez es una debilidad, la capacidad de adaptación es una fortaleza. Nos creímos el discurso porque en abstracto es así, pero no cuando vamos bajando a lo concreto. Y ahí está la trampa del discurso de los últimos años que nos ha ido alejando de la salud mental: el no contextualizar nada.

Se habla de éxito y fracaso, de valentía y cobardía, de  fuertes y débiles, sin llegar al individuo y a su contexto. La resiliencia. ¡Ay!, lo fácil que es abusar de la persona haciéndola resiliente. Porque esta flexibilidad no tiene límites y siempre podremos resistir un poco más. Sobrevivir es ser del tamaño de las circunstancias. Adaptación pura y dura sin posibilidad de cambiar las circunstancias. El resultado: la ansiedad.  En mayúsculas.

Ser flexible es correcto cuando debemos resistir los reveses de la vida, porque iluso es quien cree que jamás vendrán mal dadas. El problema es cuando se convierte en dogma de fe, en filosofía de vida, pase lo que pase, porque entonces la flexibilidad se convierte en rigidez. Ya no somos capaces de discernir cuándo no debemos ser flexibles y eso es muy peligroso porque no hay límite. En este discurso nunca hay contexto, solo mensaje de superación.  Jamás puede haber salud mental. Imposible.

La salud mental no es solo clínica. La salud mental está en el trabajo y en todas las facetas de nuestra vida. Hablar de emociones es salud mental. Animar a las personas al cambio es salud mental. Dar consejos sobre el fracaso es poner en juego la salud mental de las personas. Poner el foco en las personas es dedicarte a la salud mental y ¿qué sabes tú de ella?

La inteligencia emocional, la resiliencia, el éxito, el fracaso, la transformación,  el autoconocimiento, el desarrollo personal,….trabajar con eso es trabajar con la salud mental. Porque si no es salud mental, ¿qué es?

Llevamos años más preocupados que nunca por nosotros mismos, años de coaching, inteligencia emocional y desarrollo personal y jamás habíamos tenido una salud mental tan precaria. Porque parte importante de este discurso es habernos sumergido en el autoengaño. No nos engañemos: el autoengaño es un elemento más de la supervivencia.  El autoengaño puede estar bien cuando nos hace felices pero el resultado del autoengaño es no reconocer la ansiedad en la que vivimos instalados.

Nos dedicamos a creer en discursos que compensen el malestar emocional vivido,  que nos conduzcan a no ver la ausencia de salud mental. Nos repetimos que los fracasos nos hacen mejor persona, que la dificultad nos hace crecer y que en la adversidad está la oportunidad. Cada día. 

Hay ausencia de salud mental en creer que lo importante es hablar de felicidad, cuando la felicidad es no tener que necesitarla. La no salud mental de no darnos cuenta de que hemos enfermado de éxito. Nos engañamos. El autoengaño está perfectamente integrado en todo el entramado en el que vivimos. La salud mental es precaria cuando debemos gestionar nuestro síndrome de Burnout cuando en el trabajo nos putean, cuando debemos conciliar lo inconciliable, cuando nos meten el mindfulness en la oficina, cuando debemos apuntarnos en la agenda una actividad extra que consiste en parar de la vida que estamos viviendo. Maravilloso. Nos come la ansiedad, por mucho que nos autoengañemos. Nos mata habernos creído que tenemos que darlo todo, siempre nuestra mejor versión. Nos quita vida creer que en los conflictos está la superación, no ver que la autoexigencia es autoexplotación.  La ansiedad viene de seguir predicando lo del mundo líquido e incierto. La ansiedad la vamos manteniendo todos y cada uno de nosotros cada vez que vamos cediendo a este discurso.

Poner al individuo en un altar es peligroso.  Somos seres sociales viviendo en una sociedad de responsabilidad individual. La ansiedad está servida. Hasta que salgamos del autoengaño y veamos que lo que llamamos vida nos va acercando con malestar a la muerte. Es momento de decir basta, de abrir los ojos, de entender que vivimos en sociedad y que centrarnos exclusivamente en nuestra individualidad pone en peligro la salud mental. 

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