Es trabajo.

Ha llegado el momento de volver a empezar por el principio.  Vamos a ello. Las dos primeras cuestiones que tengo que tener claras si busco a alguien que trabaje para mí:

1. Le tengo que poder pagar. Menuda obviedad, pensaréis. Ya, una más. Si se me llena la boca con mi equipo, se me debería llenar la boca con poder pagar a mi equipo. Hay personas que se han creado una imagen de aparentar hacer muchas cosas. Vivimos rodeados de personas que se levantan cada mañana con la decisión de hacer ruido, con la voluntad de dar una imagen aparentemente exitosa aunque no lleguen a fin de mes.  A estas personas se les llena la boca cuando pronuncian ‘mi equipo’, equipo que sacan chapuceando por aquí y por allá. Si no puedo pagar a un empleado no puedo tener empleado. Afortunadamente, cada vez son menos los que se atreven a hablar de salario emocional, por lo menos en voz alta, de la misma manera que este año no han dicho ni mu con el inventado síndrome postvacacional.

Como es necesario volver a los orígenes de la relación laboral no está de más recordar la definición:

SalarioDel lat. salarium, de sal ‘sal’.

1. m. Paga o remuneración regular.

2. m. Cantidad de dinero con que se retribuye a los trabajadores por cuenta ajena.

La RAE contempla algunos otros salarios como el salario social, pero nada del salario emocional. Como definición podemos encontrar: es un concepto asociado a la retribución de un empleado en la que se incluyen cuestiones de carácter no económico, cuyo fin es satisfacer las necesidades personales, familiares y profesionales del trabajador, mejorando la calidad de vida del mismo, fomentando la conciliación laboral.

Lo que viene siendo un derecho y como derecho adquirido no debería  ser necesario hablar de él si no fuera porque hay que volver a los inicios. Como si  cuando alimento a mis hijos cada día les hago creer que son unos privilegiados obviando que eso es mi obligación y su derecho. Y lo peor, me siento orgullosa de ello.

2. No le hago ningún favor.  Como lo del hijo. El trabajador no me debe nada. En todo caso le debo yo a él. Cuántas madres y padres crean el deber de que los hijos crean que les deben. Cuántos jefes, líderes o referentes crean el deber de que los empleados crean que les deben. A puñados.

En la relación laboral hay una conexión, una vinculación y un compromiso. Encajamos mutuamente. Nos prestamos un servicio. No nos hacemos ningún favor. Mantenemos una relación. No le hago un favor, ni le hablo de visibilidad, más que nada  porque quizá no la quiera, ni siquiera le hablo de experiencia porque es de cajón que trabajando adquirirá experiencia. Tampoco le hablo de hacer currículum.

La experiencia y el currículum vienen sí o sí. No son ningún extra, no los ofrezco yo, no son mérito mío. Vienen solos. Es hasta ridículo decirlo y mucho más ridículo estar convencida de mi supuesta generosidad.

Necesito una persona. Una persona necesita trabajo. Busco una persona. Una persona me busca a mí. Su talento, al igual que en el amor o la amistad, cobrará vida en la relación conmigo, con mi trabajo y con la tarea encomendada. El trabajo bien hecho y la satisfacción mutua se consolidarán en una relación laboral, cercana siempre, pero laboral.

Si te consideras un buen profesional también lo serás a la hora de contratar a tu gente. Porque si necesitas un trabajador y no puedes pagar no puedes tener un trabajador. 

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