Pequeñeces.

Pequeñeces. Este es mi estado de whatsapp y esta es mi foto. También la de mi web. Como título del post, mi estado. De foto, la de mi whatsapp. Hoy, casualmente, me he dado cuenta de lo mucho que me representa mi whastapp y de que tiene que venir algo gordo para que lo cambie. Me encanta la palabra pequeñeces.

Pequeñeces. Hoy me he vuelto a acordar de ella. Sabía que era el año 2015. Hoy he mirado desde cuándo es estado. Me apropié de ella el 30 de noviembre del 2015. Veo difícil encontrar mejor definición de algo que me identifique como ‘estado’. Llegó a mi vida por una amiga a través del vídeo de El Arrebato con la canción Pequeñeces. Una canción, un momento y ninguna otra  palabra que definiera mejor mi forma de ver la vida. Siempre he relativizado, siempre he tenido tendencia a reducir al absurdo lo absurdo. Casi todo. Sé que muchos lo pueden ver como un defecto o me pueden ver poco trascendente, pero creo que siendo mortales la mayor bendición que podemos recibir es la capacidad de reducir al absurdo lo absurdo. Desde la mortalidad no hay mayor trascendencia que la intrascendencia de lo que no es digno de trascender. Porque, queridos amigos y amigas, nos vamos a morir. Yo siempre lo he tenido claro.

Al final, la vida se reduce a pequeñeces, las buenas y las menos buenas. Pequeñas cosas buenas juntas hacen una vida satisfactoria y feliz. Pequeñas cosas molestas, por separado absurdas y ridículas, cuya suma  convierte  la vida en estrés y malestar.

Existen muchas pequeñeces incómodas que ponen nuestro mundo en blanco y negro y que podemos eliminar, pero no lo hacemos porque nos instalamos en la queja. Existen muchas pequeñeces buenas fácilmente alcanzables, pero tampoco lo hacemos y nos instalamos, de nuevo, en la queja. Un cúmulo de pequeñeces incómodas van desgastando emocionalmente una vida. Un puñado de pequeñeces agradables cimientan una vida agradable pero la incapacidad de tomar decisiones que nos llevarían a un lugar mejor nos estancan. Qué absurdo. Pequeñeces. La vida. La muerte.

Jamás había vuelto a la palabra que marcó un estado de whatsapp difícil de sustituir. En mi lápida: pequeñeces, por favor; eso es lo que somos, eso es lo que soy. Realmente, el día que algo consiga cambiar esta forma de ver la vida será muy, pero que muy importante. Hoy he vuelto al estado. En casi cinco años no me había vuelto a acordar. Hoy lo he hecho. He llegado ahí mientras cocinaba. Y es que hoy ha sido el último día que he cocinado hasta septiembre. Porque sí, porque lo he decidido.

Queda muy bien decir que te gusta cocinar. A mí no me gusta nada. A la mayoría de los mortales les relaja (o eso dicen). A mí lo que me relaja es pensar que hoy ha sido el último día que me he visto entre fogones.

Me he regalado no meterme en la cocina en los próximos dos meses. Como propósito, ya que no tendré vacaciones y me esperan dos meses cargados de curro. Llamadme mundana pero es que mis propósitos son de este estilo: tener identificadas las pequeñeces molestas de mi vida e intentar eliminarlas.

Hoy vuelvo a mi lugar en el mundo: el de la foto, porque esa es el mar donde pasé los veranos de mi infancia. Hoy vuelvo a mi mar. Este virus me ha dejado unas ganas inmensas de mar, de hablar con él cada día a las 8 de la mañana. Hoy vuelvo a ser hija, hermana, tía y amiga de toda la vida. Hoy vuelvo a moverme porque si algo bueno ha traído esto es poder trabajar desde cualquier parte del mundo. Hoy vuelvo a poner en valor mi antiguo estado de whatsapp, el horizonte y las pequeñeces. Porque mi vida es identificar horizonte y las pequeñeces.  Más que suficiente. Veo difícil parar, pero el mar me para. Septiembre también viene cargado, me considero afortunada por todo lo que me llega, me considero privilegiada por saber identificar las pequeñeces que quiero que llenen mi vida y por seguir aprendiendo a mandar a paseo las que no. El otro día comentaba que jamás he tenido más estrategia que tener la capacidad de poder cambiar de estrategia cada vez que sea necesario.

Y tú, ¿qué pequeñeces haces a diario que te amargan la existencia? Cada una tenemos las nuestras. ¿Cuándo vas a intentar dejar de hacerlas? 

La trampa de las pequeñeces chungas es que se cuelan y las vamos tolerando, acostumbramos a analizarlas por separado y son absurdas, pero las pequeñeces tienden a agruparse, se suman y acaban haciendo una vida desgraciada. Quizá sean pequeñas molestias que por separado son absurdas pero la suma de ellas es una vida estresante.

No minusvaloremos las pequeñeces que forman nuestra vida porque ellas marcan la felicidad o la infelicidad más absoluta. Hay algunas que no puedes eliminar pero muchas otras sí, pero no lo haces porque no tomas decisiones. Tomar decisiones es clave para poner las pequeñeces en el sitio que les corresponde.

¿Qué pequeñeces llenan tu vida de sentido? ¿Vas a tomar decisiones que te acerquen a ellas? ¿Cuándo?

Gloria bendita cuando identificas las pequeñeces buenas y malas, las que hacen tu vida mejor y esas que, aunque para los demás sean buenas, a ti te amargan la vida. Gloria bendita cuando te regalas la capacidad de despojarte de dar lo mejor de ti en todo.  Qué más da lo que los otros piensen.

Como objetivo, llenar tus propósitos de pequeñeces y  llenar tus pequeñeces de propósitos. Conocer tus pequeñeces para saber cuáles tienen que convertirse en tus propósitos. Como propósito dejar de hacer cosas porque, a estas alturas, ya sabemos que una buena forma de hacer es dejar de hacer.  Como propósito: tu horizonte, tu vida.

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