En misa o repicando. La trampa de la ‘gestión de las emociones’.

Vivimos rodeados de situaciones en las que se anima, se enseña y se entrena emocionalmente a las personas a sobrellevar situaciones dignas del Adiós Más Grande de la historia. Estoy cansada de ver los efectos secundarios de  la tan mal entendida inteligencia emocional. Estos efectos son varios, siendo el más común  la ansiedad. Porque no me negaréis que en la era de la ‘gestión de las emociones’ vamos por la vida con un maravilloso cacao emocional.

Son muchas las situaciones en las que se puede observar esto y todas ellas tienen algo en común:  cómo la inteligencia emocional nos puede ayudar a mantener determinadas situaciones porque ayudar a sobrellevarlas es contribuir a mantenerlas.

Hace unas semanas, buscando información sobre un tema, me encontré con multitud de talleres que ofrecían ayuda a mujeres para ‘gestionar las emociones’ por su problema actual de conciliación. Pensé que yo jamás podría ayudar a sobrellevar esta situación. Porque lo de con una mano quejarme y con la otra dar charlas sobre cómo usar la inteligencia emocional para sobrevivir a tamaña odisea yo no lo veo. ¿Qué lleva a mujeres profesionales que se hacen eco de la desigualdad a ver negocio en enseñar a sobrellevar esta desigualdad? Puede haber varios motivos pero uno es haber caído en las garras de la ‘gestión de las emociones’ al uso.  Pues nada, ahora además de teletrabajar y hacer deberes debes esforzarte por gestionar esto . Dime tú qué fuerzas te van a quedar para intentar cambiar la situación. Las de dormirte a las 22:30 a la que roces el sofá.

No, verás, es que no me da la gana gestionarlo. Porque entonces el problema soy yo, pero no porque no lo sepa gestionar sino porque mi forma de gestionarlo es  contemplar la opción de no gestionarlo. Porque dentro del verbo gestionar jamás se contempla otro camino, el decir no.

Cuando te hablan de ‘gestión de emociones’ ya estás metida hasta las trancas, ya estás ahí rodeada de mil teorías que silencian tu malestar, porque te hablan de emociones negativas (como si existieran) y tú, lógicamente, buscas huir de lo negativo. Negativo es malo. Mejor cambiarlas por emociones positivas y aquí empieza tu cabecita: que si tampoco es tan duro, que es un regalo poder estar con mis hijos, que esto me hará fuerte, que lo que me dice mi jefe ya no me afecta,  que yo puedo con eso, es que el amor es así y todas las películas de autoengaño que es capaz de producir tanta gestión.

Y llegó la resiliencia.

Ya la tenemos aquí, como auténtica protagonista del momento, como producto estrella. Nos va a faltar resiliencia para sobrevivir a tanta resiliencia. Mi resiliencia debe tener límites, como la empatía, como la paciencia, como querer siempre sacar lo mejor de mí. El problema, al igual que pasaba con la inteligencia emocional, es cuando estos términos se convierten en producto. La resiliencia, como la inteligencia emocional no es algo que esté separado de la persona en su conjunto. En ambos conceptos intervienen estructuras cognitivas, emocionales, comportamentales y volitivas que hacen de la persona un todo.

No se pueden tratar las emociones aisladas del pensamiento o de la conducta. No se puede vender algo separado porque eso no es real. ‘Es que yo solo trato las emociones’ es tan absurdo como imposible. No se tratan solo las emociones. No se trata solo la autoestima, la motivación o el miedo. Esto no funciona así porque es de 1º de conocimiento del ser humano saber que esto no es viable. Ni verdad. El aplomo que hay que tener para presumir de que te encantan las personas y no caer en estos detalles lo dejamos para otro día.

Y las organizaciones, ¿qué?

Las organizaciones no solo no se libran sino que son un auténtico foco de semejantes productos, maravilloso terreno en el que los gurús de lo divino y lo humano campan a sus anchas. Ahí, esta mal entendida resiliencia e inteligencia emocional ayuda a mantener demasiadas situaciones. Inteligencia emocional made in Linkedin.

Tras muchos años con estas historias, mucho dinero invertido y muchas horas en formaciones, las organizaciones no han mejorado la motivación ni el rendimiento de sus empleados. ¿Por qué? Fácil: porque estos cursos que venden los expertos como inteligencia emocional, resiliencia, actitud o motivación no son ni inteligencia emocional, ni resiliencia, ni actitud, ni motivación. Una charla motivacional puede ser muchas cosas, pero no es motivación. ¿Qué esperabais diez años después de alguien que se define profesionalmente como orador motivacional? Orar, orarás, pero esa puesta en escena emocional, esa impostación y sobreactuación no es motivación. De ahí el fracaso de años invirtiendo una pasta gansa en esas charlas.

La trampa

Algo que se vende como solución pasa a convertirse en factor que mantiene la conducta problema. Cuando te dicen que ‘no sabes gestionar’ te implicas en aprender a hacerlo. Nadie te dice que resiliencia e inteligencia emocional es saber discernir qué cosas debes gestionar tú y cuáles la otra parte de la relación. Esto, al igual que los síndromes inventados, solo van en una dirección.

Seguramente te digan que la conducta del otro no la puedes cambiar tú (típica respuesta cuando dices esto). O sí, tampoco te dan opción de que te pares a pensar y a analizar si algo se puede cambiar. Lo que está claro es que si te dedicas a gestionar lo que te hace el otro te conviertes en mantenedor de esa conducta. Porque la inteligencia emocional o la resiliencia en estos discursos solo va en una dirección. ¿Qué inteligencia  y empatía demuestra tener el que no te permite analizar si algo se puede cambiar?

 ¿Qué esfuerzo va hacer el otro por cambiar si tú te has convertido en reforzador de la conducta que quieres extinguir?  Ya pasas a ser parte del problema. ‘Pero es que yo no tengo margen de maniobra para cambiar según qué’. Quizá no, pero quizá sí, quizá si dejas de hacer puede que algo cambie.  En ocasiones no hacer es la más efectiva forma de hacer.

El tiempo que inviertes en aprender a sobrellevar la situación y en gestionar las emociones lo podrías dedicar a analizar qué se puede cambiar o en trazar un plan de acción para salir de esta situación, pero no se puede estar en misa y repicando. Trazar un plan de acción exige un tiempo, una atención y dedicación que no vas a tener si tienes el foco puesto en gestionar tus emociones para sobrellevar la situación. Ya sabemos que el día a día nos acaba comiendo. Al final, con mayor o menor inteligencia emocional, te acabarás adaptando por pura supervivencia.

¿Querrás salir de ahí cuando estés adaptado? Serás la rana en el agua hirviendo. Sobreadaptación disfrazada de resiliencia e inteligencia emocional. Esto está muy cerca del conformismo, de tolerar lo intolerable y de la manipulación. No hay manipulador que no sea inteligente emocional.

Lo de toda la vida.

Yo también hablo de inteligencia emocional, porque ese tipo de inteligencia existe desde hace mucho tiempo, mucho antes de que llegara un señor y se convirtiera todo lo emocional en producto, mucho antes de que la inteligencia emocional se hiciera un hueco importante en el mercadillo de lo humano. Cuando tengo que hablar de inteligencia emocional en la evolución de equipos en la empresa siempre dejo claro que puede ser un arma muy peligrosa porque mal conducida ayuda a mantener determinadas situaciones.  Ya sabes: vendiéndose como solución pasa a convertirse en variable que mantiene la conducta problema. Un simple y aparentemente inocente ‘no sabes gestionar’ y ya estamos reforzando la conducta problema.

 La inteligencia emocional, como la resiliencia, no se puede separar de todos los procesos psicológicos que la acompañan y de toda la funcionalidad del comportamiento. Hay que entender muy bien los mecanismos que la acompañan, hay que saber qué procesos intervienen porque de la inteligencia emocional a la manipulación hay un paso. La línea que separa la inteligencia emocional y la manipulación es muy delgada. Para manipular y para ser manipulado. No todo inteligente emocional es manipulador, pero todo manipulador sí es inteligente emocional. Y esto es muy, pero que muy peligroso.

¿Estamos mejor desde que hablamos todo el día de inteligencia emocional? ¿Somos más inteligentes emocionales desde que hablamos de inteligencia emocional? Yo creo que no.

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