Mucho se habla: el síndrome de la cabaña.

No sin mi cabaña como lema. Me da pereza salir a la calle. Es curiosa la facilidad que tenemos de pasar de soñar con recuperar lo de antes a morirnos de pereza de volver a ello. Alguien me podría decir que lo que hay fuera no es lo de antes y que quizá por eso tenga pereza. A mí me da pereza lo de ahora y lo de antes. El confinamiento, en estos momentos, me da una paz que no encuentro fuera. Hablo de mí, pero quizá también hable de ti. ¿Quieres comprobarlo? Vamos allá.

Mucho se habla de las consecuencias del confinamiento, del aislamiento y de la falta de relación social. Dejando a un lado el enorme sufrimiento de muchos por las pérdidas humanas y económicas de esta pandemia, hoy vengo a reflexionar sobre la necesidad (o, ya puestos, síndrome) de etiquetar como síndrome todo aquello que nos hace sentir bien.

Empezaré por mí: debo confesar que desde el minuto 1 lo vi venir. El primer día de encierro ya comenté lo que me iba a costar a mí desconfinarme. Porque si te encierras con los que quieres y no necesitas salir de casa para trabajar dime tú dónde está el problema. Un poco de eso te pasa a ti con tu cabaña. Lo sé. Y estás ahí, tan ricamente instalado, hasta que llega alguien y te habla de síndrome, como te hacen a final de agosto con el postvacacional.  Con el mismo don de la oportunidad. Con el mismo rigor.

Porque, siendo sincera, yo no tengo ningunas ganas de volver a la normalidad, ni a la nueva ni a la vieja. Quiero quedarme como estoy. No es miedo, es paz. No es síndrome, es conocer todo el ruido y desperdicio que hay fuera. ¿Es un síndrome querer estar tranquila en mi cabaña? No. ¿Cómo va a ser algo disfuncional querer estar bien? A mí no me lías.

Dicen que quien padece el “síndrome de la cabaña” puede experimentar por un lado confort, seguridad y tranquilidad en las actividades en casa a la vez que ansiedad, evitación e irritabilidad por el mero hecho de pensar en salir a la calle o retomar la vida que tenía antes del confinamiento. Yo no siento ansiedad, evitación e irritabilidad, siento PEREZA. A muchos y muchas nos pasa.  Porque si mi vida fuera no me generaba ansiedad ni demasiado estrés ¿cómo no van a tener pereza aquellos cuya vida les generaba estrés y ansiedad por el motivo que fuera? Hay mucha gente con pereza a retomar la vida que tenía antes del confinamiento. ¿Eso es un síndrome? No. Los que se inventan el “síndrome” también afirman que no lo es. ¿Por qué le llaman síndrome si en el mismo texto desmienten que lo sea? A ver si lo de inventarse trastornos para vender también podría ser un síndrome.

Poco se habla de por qué no es un síndrome querer volver a la vida de antes, a la normalidad de no tener tiempo para estar con los que queremos, de correr, de tener la  eterna sensación de no llegar. ¿Por qué no es síndrome presumir de no tener tiempo o solo descansar para poder cansarnos otra vez? ¿Por qué vemos raro o tratamos de disfuncional querer estar bien?

Porque lo curioso de estos “síndromes”, como el postvacacional, es que siempre van en la misma dirección: en la de meterte en la rueda del hámster cuanto antes. Estos síndromes siempre señalan al que en la situación de “anormalidad” es feliz, al que no se adapta al sistema y al entorno líquido y cambiante.  Anda que hemos tardado en adaptarnos al cambio hacia dentro trabajando e incluso muchos de vosotros con hijos en casa.  Y es en este punto en el que te empiezan a bombardear con la resiliencia cuando en realidad te están hablando de sobreadaptación y te la meten, una vez más, doblada pero esto lo dejamos para otro día. Volvamos a nuestra cabaña, esa que hemos adornado y hemos dejado preciosa.

Una cabaña que nos protege de los discursos de siempre. Una cabaña donde ningún extraño se atreve a decirnos lo mucho que nos vamos a arrepentir si no le hacemos caso. Aquí no hay ruido, nadie nos habla de las maravillas del fracaso y la adversidad. Aquí nadie nos juzga por lo que nos esforzamos ni el sufrimiento mide nuestra valía como personas. Nadie habla de ser porque siempre se está, porque en la cabaña se sabe que para ser hay que estar.

Poco se habla de qué tipo de adaptación al cambio estamos hablando. ¿No tienes ningún síndrome si te tragas sin rechistar lo de entorno VUCA, vivir en la incertidumbre y demás cuestiones de la normalidad? Si quisiéramos inventar síndromes se nos ocurrirían unos cuantos.

Aquí no hay necesidad de saltar, ni gritar o llamar la atención. No hay necesidad de hacer ruido, ni se habla de visibilidad, ni de marcas. Nadie habla de mejores versiones ni nadie nos dice cuándo debemos parar. Ni siquiera se habla de ser libre porque se está y, además, se está siempre. Nadie nos confunde con nuestro talento ni nuestra meta, nadie nos dice qué comer, cuándo reír o los motivos por los que llorar. No se habla de tolerar el estrés, ni se vende que trabajar bajo presión es una fortaleza. Aquí nadie nos enseña a relajarnos porque aquí nadie putea. Nadie nos enseña a descansar para poder producir más y mejor.

Nos da pereza la normalidad nueva y la vieja, la normalidad pasada, presente y futura. No tenemos miedo a nada porque no tenemos problema en decir que lo que tenemos es pereza, kilos de pereza. Pereza de ruido, de gente, de prisa.  Pereza de correr, pereza de tráfico, de coches y de movimiento. No es un síndrome, es pereza de un mundo de selfies con textos profundos, pereza de competiciones y retos. Pereza de adaptarnos y sobrevivir a eso. Pereza de todo.

En la cabaña no se habla de valientes porque jamás existieron los cobardes. Tampoco de salir de la zona de confort porque lo importante es construirla. No se ansía buscar para crecer porque no se necesita huir de nada. No se necesita nada más que alimentar, cuidar y mantener lo que se tiene. Porque eso en la cabaña es crecer y el crecimiento aquí está desvinculado de la ambición. En la cabaña no existe meta, objetivo ni relación que merezca poner en peligro el más mínimo desgaste emocional.

El mundo se paró y nos encontramos en una cabaña con lo que teníamos, con los que éramos y estábamos. Poco importó todo lo que quedaba por hacer. Solo contó lo hecho hasta ese momento y la generosidad de todo el amor que algún día fuimos capaces de dar. Y construimos, construimos con ese tiempo que nos fue regalado, una cabaña de la que sentirnos orgullosos, una cabaña con luz, flores y amor, una cabaña en la que jamás pasar frío.

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