¿Mi sesera? En cuarentena.

Un árbol se intenta colar en mi balcón. Un árbol que llevaba meses en un silencioso segundo plano. Hace una semana apenas tenía hojas. Hoy es verde. Me ha llamado la atención cuánto ha vivido la primavera en él esta semana. Cada mañana me asomo a verlo. Ya os conté hace meses que le hablaba en silencio, lo normal en una persona como yo que le lleva hablando al mar desde que tiene uso de razón. Me asomo a verlo a él y a los doscientos perros que pasan por mi calle desde hace una semana, que se cruzan con los del carro de la compra y los de la barra de pan diaria. Lo de que a los perros les bastan cinco minutos, el invento de coger un carro para salir a la calle o el desconocimiento de que el pan se congela lo dejamos para otro momento. Volvamos al árbol, que me voy. Seguramente en condiciones normales no me hubiera dado ni cuenta de cómo la vida vive en él. Está vivo, sigue su curso, florece. Ya ha pasado su período de pasar desapercibido, de estar quieto y callado. Ahora te toca a ti.

“Qué larga se me ha hecho esta semana. Menos mal que mañana ya es viernes”. ¿Recordáis esta sensación?  ¿Los pensamientos, emociones y acciones que acompañaban ese momento?  La alegría del fin de semana.   O la de volver al lugar de trabajo el lunes.  Lo mismo da. Y ahora, ¿qué? Ahora no.

Evitamos ser conscientes de ello. Estos primeros días de confinamiento nos hemos dedicado a llevar a cabo gran cantidad de actividades. Hemos reflexionado juntos aquí sobre la necesidad de bailar al ritmo de la vida  . La inercia de nuestra habitual rueda del hámster nos sirve para sentirnos bien y como mecanismo de evitación para topar con la realidad. Porque la realidad es que mañana es un viernes diferente y desconocido. Porque la verdad es que, momentáneamente, la realidad es otra. La vida de hoy, la que existe hasta nueva orden, no distingue campo de ciudad, martes de domingo, marzo de agosto. Fuera no hay calendario. Lo sabemos mientras seguimos bajando la basura cada noche en compañía del ensordecedor ruido del silencio de la gran ciudad.

“¿Qué planes tienes para este fin de semana?” Esta es la realidad que nos toca vivir y es en esta nueva realidad donde debemos aprender a orientarnos en el tiempo y en el espacio. Orientarnos cognitiva y emocionalmente. Orientarnos volitivamente, actitudinalmente. Esta es la realidad y en esa hay que vivir de la mejor manera posible. Es transitoria, es un paréntesis. Pero, amigos y amigas, es. 

Tenemos la esperanza de que saldremos de esta, porque eso es así, pero no sabemos cuándo. El objetivo de la cuarentena es proteger nuestra salud. Y parte de nuestra salud es la salud mental. Nadie nos ha enseñado. No nos hemos preparado para ello. Dicho y hecho. De 100 a 0.  El confinamiento, la reclusión, el manejo del tiempo, la incertidumbre, la rutina, la fatiga, el manejo del futuro , la falta de libertad, la distancia con nuestros seres queridos, la soledad, el desconocimiento de cuándo acaba esto necesita mucha energía, toda nuestra energía. Toda.

De poco va servir poner en cuarentena nuestro cuerpo si no ponemos nuestra cabeza. La salud mental se resiente y se resentirá con el confinamiento, más si no intentamos prevenir. Debemos ponerlo todo en cuarentena.

Estos días he sido crítica con consejos como la necesidad de quitarnos el pijama. Comentaba que quizá a alguna le vaya mejor trabajar en pijama, despeinada y en babuchas. Debemos establecer nuevas rutinas, nuevos hábitos para dentro. Las consecuencias para la salud mental del confinamiento se pueden prevenir. Debemos ponerlo todo en cuarentena. No es necesario hacer cosas todo el rato. Ahora no. Ni siquiera puedes bajar a tomar un café, por favor. Sitúate. Es provisional, pero es.

No cuentes días, no te marques una fecha en la que esto acabará. No ordenes ni contabilices tu vida como lo harías en el mundo exterior. Puedes ponerle nombre a tus días, bautizarlos con nombre de flor, comida o de lo que te dé la gana. Puedes ponerles un color o lo que más te guste, pero no ordenes como en el exterior. La creatividad tiene que servirte para romper el patrón de fuera. No pienses que saldrás un día determinado. Si te marcas un día de salida y se alarga unos días, esos días de prórroga los vivirás con tremenda ansiedad. No hay calendario, pero sí hay futuro.

Ponte en modo avión. Descárgate lo que necesites y ahorra energía. Baja el brillo de tu pantalla. No sabemos cuánto nos queda. No tienes quien te marque el porcentaje de batería que te queda. Puedes perder el cargador cuando más lo necesites. Ponte en modo avión, sin sonido, sin ruido, sin brillo. Protege tu energía. No gastes batería. Hemos llegado a este momento pasados de rosca. La necesidad que tenemos de movernos virtualmente no es saludable.

Bajemos el volumen y el brillo. Llegará el verano, las bicicletas y el caminito de la playa. Volverán las fiestas, los viajes, los bailes. Volverán los helados, las cervezas al sol, los paseos por la montaña. Las noches eternas mirando las estrellas. Los abrazos. Volveremos a tocar a los que queremos. Es un paréntesis.

Ahora protégete. Estás en la cueva, administra energía, fuerza y recursos. Olvídate de aprender y de brillar. No intentes estar siempre animado. No temas tener miedo. Es tiempo de brillar brillando menos. De saber que aprende quien se olvida de aprender. Es momento de saber que haces mucho cuando decides hacer menos. Que estará mejor quien menos se obsesione con estar bien. Olvídate de crecer. Crecerás y aprenderás. Estar demasiado pendiente de ti, de lo que aprendes o de tu estado emocional no te va a ayudar. Lleva tu imaginación lejos. Sueña. Acepta. Cuando salgas y lo pongas en perspectiva ya sacarás crecimientos y aprendizajes. Ahora no.

¿Cuánta batería te queda? No lo sabes. Nadie lo sabe.  Pon tu sesera en cuarentena. El mundo ha petado, no petes tú.

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