Nos matan.

Hoy es uno de esos días que existen con el único objetivo de que dejen de existir. Seguimos normalizando demasiadas situaciones. Las normalizan ellos. Las normalizamos nosotras.

  • Seguimos preguntándonos qué hace una mujer con un maltratador, por qué no sale de ahí.
  • Seguimos pensando que un poco tonta tiene que ser para aguantar según qué situaciones.
  • Seguimos normalizando que haya carreras, trabajos o juguetes de niños o de niñas.
  • Seguimos normalizando que las labores de cuidado sean femeninas.
  • Seguimos normalizando el miedo a volver solas a casa.
  • Seguimos normalizando los viejos verdes.
  • Seguimos normalizando el pensar que hay cosas que ocurren porque llevaba minifalda o se le salía media teta.
  • Seguimos normalizando “me ayuda en casa”.
  • Seguimos normalizando lo egoísta que es una por no querer ser madre.

Estereotipos, roles y sesgos de ellos. Y de ellas.

Estereotipos que se convierten en verdades indiscutibles a fuerza de repetirse. Estereotipos sobre las características, actitudes y aptitudes de las mujeres y los hombres. Aprendizajes que todos, en mayor o menor grado, hemos interiorizado en un proceso de socialización de nuestra cultura. Comportamientos que pasan a normalizarse.

  • El lenguaje, los titulares, la publicidad, los medios de comunicación.
  • La transmisión de valores y roles de género.
  • Sonreír, ser agradable, no levantar la voz.
  • Estar guapa.
  • Seguimos hablando de envidiosas, zorras o mojigatas.
  • No somos rencorosas, simplemente nos enfadamos cuando tenemos motivos para ello.
  • No somos egoístas ni abandonamos a ningún ser querido cuando decidimos rascarnos la barriga.

Hemos normalizado los estereotipos, los roles. Nos hemos creído nuestros sesgos.

No es fácil verlos. Nos cuesta a todas y a todos. Es nuestra educación. Así somos. Ser conscientes de ellos pasa por romper esquemas en la educación, por no querer que nuestros hijos sean como nosotras, por no querer ser como nuestras madres.

Siempre he dicho que si volviera a nacer no dudaría en nacer hombre. Eso no quita que no esté satisfecha con mi vida, pero ha habido momentos que mi vida profesional me ha costado más. En mi vida personal siempre me he rodeado de hombres maravillosos. Jamás he necesitado recurrir al no aguantar, no aceptar o no tolerar. En mi vida personal jamás he necesitado echar mano de esta capacidad mía de ver estas actitudes venir.

Sin embargo, en mi vida profesional he sufrido reacciones y situaciones que no hubiera sufrido si lo que pensé, dije o hice en un momento dado lo hubiera pensado, dicho o hecho un hombre.

A mí, en algunos trabajos, se me ha menospreciado por ser rubia, por ser mona, por ser lista. Por ser mujer.  Sigue pasando. He tenido respuestas a comportamientos míos que no hubiera tenido si lo que dije en aquel momento lo hubiera dicho un hombre. Afortunadamente no muchos, porque lo de mandar a la mierda lo aprendí pronto, pero me lo he tenido que currar. Porque en entornos laborales “muy dignos y evolucionados” me han tratado de loca y de histérica. “Ya se tranquilizará”. La rubia “con mucho carácter” (dícese de aquella mujer que incomoda con su razón, su discurso o su conducta).

Hay entornos laborales en los que a los hombres les incomoda tener una tía lista delante. Sigue pasando. Ninguno hace el ejercicio de reconocerlo, porque lo tienen normalizado, igual que mi abuela tenía normalizada hacer la comida cada día. En su lenguaje, en sus miradas, en sus comentarios, en sus acciones. Hay esferas laborales en las que una mujer lista y resolutiva es el enemigo. Entornos que se ponen nerviosos, que sacan la fuerza de la agresión, que presumen de duros y que incluso, al mínimo indicio de ver amenazada su autoestima, se esconden tras un bloqueo.

Yo me considero afortunada. Crecí en una familia en la que pocas diferencias de roles de género existían, pero no todas han tenido esta suerte. A mí me hicieron como soy, me enseñaron a ser intolerante con lo que no merecía tolerancia, ni con quien no la merecía. A no tener empatía con quien no debía tenerla. A poner en evidencia cuando era necesario. A alejarme, a decir adiós. Pero no todas saben.

Y es responsabilidad de la sociedad, formada por todos y por todas, que esto acabe. En esta sociedad las mujeres hemos conciliado, trabajado, criado, cuidado, querido y nos matan.

No acabamos de ser conscientes de que a nosotras nos matan. Y lo peor, lo estamos normalizando. Y nos matan.

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