Los Otros

hoy

No se rendía. Sabía que no debía rendirse. De hecho, jamás contempló la opción. “Los valientes jamás se rinden”. Le habían dicho que era valiente, lo sabía y se esforzaba por jamás dejar de serlo. Me ha contado que durante mucho tiempo, con su salud física y emocional resentida, siguió luchando por conseguir aquello que se propuso que conseguiría.

Cada vez que se cruzaba por su mente la idea de abandonar, una voz interior le decía que no podía hacerlo, que si lo hacía se decepcionaría a sí misma. Jamás me fallaré, se repetía. Fueron pasando los años. Durante temporadas la cosa iba bien. Otras le costaba la vida seguir. Piedras en el camino, personas que fallan, alianzas por puro interés, amistades abandonadas…cada vez más ambiciosa, más valiente. Cada nuevo logro le hacía olvidar su estrés, su mal carácter, la cara B de su vida. Solo se reconocía en la consecución del logro. Se enganchó a la necesidad de demostrar(se). Se fusionó con el logro y el reconocimiento del mismo. La persona que era en ese camino le importaba muy poco. Se importaba muy poco.

Hasta que un día se puso el mundo por montera. Abandonó su prefabricada valentía. Pasó de su orgullo, de ese orgullo que la separaba de ella, de lo que ella verdaderamente sentía y pensaba. Y se ESCUCHÓ. Atendió a ese diálogo interno entre lo que pensaba y sentía ELLA y las voces de Los Otros que le decían lo que una mujer (u hombre) como ella debe hacer. Esas voces que fueron durante media vida guionizando su vida pero que jamás le habían ayudado a ser ella, jamás la habían querido a ella. La vida impuesta desde fuera, el logro esperado, el camino marcado, la vida de otro. La meta.

Se escuchó. Escuchó lo que pensaba y cómo se sentía. No sabía muy bien lo que quería, pero sabía lo más importante. No quería vivir así. No quería más ansiedad ni más noches sin dormir. No quería perder amistades, amores, momentos irrepetibles por una vida esperada. Quería que su vida fuera el camino.

Le importaron muy poco esas historias que un día le contaron. Esos cuentos de valientes y cobardes sin nombre propio. Sabía que todo lo que valía la pena costaba mucho esfuerzo pero entendió que hay cosas que cuestan mucho esfuerzo y no son buenas. Entendió que el verdadero esfuerzo que debía hacer ella era dejar de creer en vidas escritas desde fuera, en vidas de adjetivos que te califican en función de lo que decide otro. Y se “rindió”. El mundo la juzgó y la señaló. Todos opinaron: qué cobarde, te creíamos más valiente, le dijeron. Los Otros no entendían que ella era mucho más que su ansiedad y sus noches sin dormir. Los Otros no entendían que la vida no es la meta sino el camino.

Puedes seguir luchando por ese objetivo que tanto te cuesta, puedes recordarte que jamás debes rendirte, que todo lo bueno cuesta mucho esfuerzo. Puedes seguir toda una vida así: sin pararte a ANALIZAR qué es ser valiente, qué es rendirse, qué es eso tan bueno que te está costando tanto esfuerzo. Puedes seguir ignorándote, viviendo el camino marcado por otros. Puedes seguir y sigues hasta que te “rindes”. Entonces se abre un mundo.

Deberíamos saber cuando algo está acabado. Es más, lo sabemos pero el discurso de Los Otros sigue viviendo en nosotros. No te rindes cuando dejas de luchar por lo que ya ha acabado. No te rindes cuando te plantas ante lo que te hace daño. Es justo al revés, estás renunciado a todo lo que la vida te puede dar cuando sigues luchando por lo que ya ha muerto en ti.

Si existen los valientes son los que se rinden ante historias que desgastan. Porque solo cuando te rindes aparece esa oportunidad que espera a los que tienen la valentía de salir de lo que les está matando.

 

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