Buenas personas.

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Comenté hace unos días que iba a desterrar de mi vocabulario la expresión “buena persona”. Los motivos que me llevaban a ello eran básicamente dos:

  1. La tendencia que tenemos a acabar el relato de un rifirrafe doloroso con alguien con un ‘pero es buena persona’.
  2. El hecho de que todos nos creamos buenas personas.

Pensé que algún mecanismo cognitivo tenía que haber detrás de haberme cruzado con mentirosos, envidiosos, traidores, egoístas, “pero buenas personas”.

Así fue como profundizando di una vez más con el virus más extendido en el comportamiento de la sociedad actual que explica esta avalancha infinita de buenas personas. Vayamos por partes:

 

La bondad:

Una buena persona es una persona buena, una persona que actúa con bondad. La bondad implica sinceridad, lealtad, honestidad, generosidad. La bondad es humilde, compasiva, respetuosa. Bondad es, ante todo, ausencia de egocentrismo. Ser bueno es mucho más que no ser malo. La bondad es una actitud proactiva. Para ser bueno no es suficiente no ser malo. Es imprescindible hacer.

En esta sociedad está de moda el buenismo que poco tiene que ver con ser bueno. Nos bombardean con empatía y espiritualidad barata pero nos comen el tarro por tierra, mar y aire sobre satisfacción personal, individualismo y huida ante cualquier acto de compromiso con el otro. La bondad implica al otro. Y al otro siempre lo tenemos en un segundo plano porque lo importante soy Yo. La bondad no está de moda. Visto así, difícil salir ileso.

 

La disonancia cognitiva:

 El psicólogo Leon Festinger es el autor de la teoría de la disonancia cognitiva. La base de esta teoría es que las personas intentamos mantener siempre nuestra consistencia interna. Las personas tenemos una necesidad interior que nos empuja a asegurarnos de que nuestras creencias, actitudes y conducta son coherentes entre sí. Cuando existe inconsistencia entre estas, surge un conflicto que nos lleva a la falta de armonía. Ante esta incomodidad, las personas nos esforzamos por evitar el conflicto cambiando la conducta o defendiendo nuestras creencias o actitudes. Aún sin darnos cuenta, nuestra vida es una búsqueda constante de reducción de disonancias.

Montarnos una película que justifique nuestra conducta es mucho menos costoso que cambiar la conducta que nos provoca esa disonancia. De ahí que las personas generemos ideas o creencias nuevas para reducir la tensión y lograr que el conjunto de ideas o actitudes encajen entre sí, logrando una coherencia interna. La teoría de la disonancia cognitiva explica así el autoengaño. Nadie se salva.

 

La disonancia y la bondad.

En la bondad o maldad de una conducta humana intervienen tres factores:

  1. La elección deliberada, o sea el comportamiento en cuestión.
  2. La intención.
  3. Las circunstancias.

Ejemplo de andar por casa: yo le meto los cuernos a mi pareja. Mi conducta hiere a otra persona. Estoy engañando. LO SÉ. Poca bondad hay. ¿Cuál es mi diálogo interno? Podré decir que mi intención no es hacerle daño, porque total no se va a enterar, será algo puntual y además yo le quiero un montón. Podré autoconvencerme de que es mi pareja la que me ha llevado a esto: no me habla, siempre está cansada, me evita, siempre está pendiente de los niños, del deporte o de los amigotes. Si mi pareja me hiciera caso yo no lo haría. Disonancia cognitiva: estamos incómodos y el autoengaño nos sirve para convencernos de que tenemos motivos más que suficientes para hacer algo incorrecto, porque sabemos que es incorrecto. Mucho más fácil montarme esta película que enfrentarme al marrón de solucionar un problema de pareja. Mucho mejor convertirme en avestruz.

Las teorías pueden llegar a ser de lo más elaboradas. Que cada uno eche mano de su fantástica imaginación. Sabemos que obramos mal pero siempre encontraremos argumentos echando mano de las intenciones y las circunstancias. Siempre nos agarramos a los puntos 2 y 3 (intención y circunstancias) para justificar el punto 1, tanto cuando acabamos con el “pero es buena persona” como cuando nos creemos buenas personas. Es la única manera de sobrevivir a la búsqueda de satisfacción del yo y a la obligación moral del buenismo.

Y como ocurría en el tema de los cuernos, una intención buena no convierte en buena una acción maliciosa. Igual que una intención mala no convierte en mala una acción buena. Por otro lado, las circunstancias agravan o debilitan la bondad o maldad de un acto, pero no convierten en buena una acción de por sí mala ni en mala una acción buena. Si fuera así no nos montaríamos semejantes películas para justificar lo injustificable. Y podríamos dedicar todo ese tiempo y energía a cualquier otra cosa mucho más fructífera.

Estamos rodeados de gente que nos ha hecho daño, nos ha mentido, engañado, traicionado pero “son buenas personas”. En otras ocasiones nosotros también hemos mentido, engañado y traicionado. Nuestra intención no era mala. Fueron las circunstancias las que nos llevaron a ello. Ni la gente ni nosotros hemos actuado con bondad “pero somos buenas personas”. Es un mecanismo de defensa más. Mucho más fácil echar mano de la intención y las circunstancias para seguir viviendo con cierta coherencia. Aceptar y reparar la conducta es infinitamente más costoso y encima nuestro maravilloso Yo se resiente.

La bondad tiene como base la verdad en la elección, la intención y las circunstancias. Para más inri, en este mundo las circunstancias pasan a ser “mi verdad”. De ahí, a despojar de contenido los valores y poner en alza los contravalores hay un paso. “Mi verdad” son mis circunstancias y eso nos va de fábula para darle a la imaginación con teorías maravillosas que no son nada más que autoengaño. Hoy en día tampoco hay que ser excesivamente habilidoso para teorizar. Con un “mi verdad” acabamos. Poco que hacer.

Una sociedad que critica a alguien por ser demasiado buena persona, promulga buenismos y espiritualidades baratas e idolatra al Yo, mata el valor de la bondad. Así que, sálvese quien pueda. Que por lo menos la Psicología nos ayude a ser conscientes de nuestro autoengaño diario.

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